Posmodernidad y Salud Mental

Posmodernidad y Salud Mental
ISBN13: 978-84-614-0851-1
Jesús J. de la Gándara Martín
Aseguran los expertos que la vida pos-moderna es estresante y peligrosa para la salud mental. No hay más que ver como aumentan los trastornos mentales, como crece el consumo de psicofármacos y psicoterapias, y como triunfa todo los que empieza por “psico”. Ahora bien, no es fácil entender porque en estos tiempos tan “pos-hiper-ultra-modernos”, en los que sabemos tanto, tenemos tanto y compartimos tanto, vivimos tan “mala-mente”. Posiblemente padecemos “trastornos del malvivir”, que quizá no sean enfermedades, pero generan sufrimientos, incapacidades y necesidades…


ÍNDICE
1. Hoja de ruta
2. Inquietud en el Paraíso
3. La insoportable vida posmoderna
4. Yo amo a mi psiquiatra
5. Trastornos del malvivir
6. Cosas de la edad
7. Cosas de mujeres
8. La cadena umbilical
9. El síndrome del espejo
10. Drogas posmodernas
11. La gran mascarada
12. Brotes de “humanotecnia


1. HOJA DE RUTA
Los expertos aseguran que la era en la que vivimos se llama “posmodernidad”
1También dicen que el estilo de vida posmoderno es peligroso para la salud mental. Se 
apoyan en el aumento aparente de trastornos mentales, en el crecimiento del consumo 
de psicofármacos y psicoterapias, y en el triunfo imparable de todo lo que empiece por 
“psico”. Ahora bien, no es fácil entender por qué en estos tiempos tan “pos-hiper-ultramodernos”, en los que sabemos tanto, tenemos tanto y compartimos tanto, tenemos tan 
mal  la mente. 
Pero, ¿de verdad padecemos tantos trastornos? ¿Acaso estamos atrapados en una 
especie de “malvivir” generalizado? ¿O quizá es que ahora no aguantamos tanto como 
antes? Hay algunos que dicen que muchos de esos problemas, sufrimientos, 
incapacidades o necesidades de los que nos quejamos, no son  realmente enfermedades
sino simples incomodidades o molestias, los flecos sucios de una posmoralidad rosicler 
y mediática, y que lo que sucede es que nuestra capacidad de tolerancia, resignación y
acomodo es mínima; que caemos en la angustia, la depresión o las drogas a nada que las 
cosas se pongan cuesta arriba. Otros dicen que la culpa la tiene el hipermercado global 
que nos gobierna y confunde. También los hay que opinan que los grandes avances de 
la ciencia, la técnica y la información, no han conseguido modernizar el “valle de 
lágrimas”, ni cumplir con las profecías de salud y bienestar para todos en los años “dos 
mil” que los sabios de la OMS nos auguraron.



Lo cierto es que vivimos tiempos veloces e inestables, informativos e informatizados,
lúdicos y humorísticos, cambiantes y efímeros. Estamos sometidos a la égida de la 
publicidad, el imperio de la moda, la tiranía del placer y la agonía del deber. La belleza 
se antepone a la salud y el dinero a la ostentación, la sexualidad es preferible al amor y 
la relación virtual a la amistad confidente. La mercadotecnia genera deseos y 
necesidades irreales que llevan a un consumismo desaforado que sólo nos satisface 
fugazmente, para generar nuevas ansias insatisfechas.  El ocio, el placer, el 
individualismo y los compromisos éticos dominan sobre el esfuerzo, el deber y las 
imposiciones morales. Los neo-fanatismos sustituyen a las religiones, las supersticiones 
a las creencias. Las grandes verdades han sucumbido,  las ideologías y liderazgos 
absolutos se han relativizado, vivimos sumergidos en disonancias y contradicciones. 
Hemos dejado atrás el rigor revolucionario para caer en el postmoralismo consumista, 
basado en la ética light, el culto narcisista a la personalidad y el goce ilimitado del 
hedonismo. Pero cada vez estamos más desarmados ante la vieja angustia original, 
somos más vulnerables, necesitamos más ayudas sociales o químicas. Y según 
declaman los más alarmistas, los viejos apoyos humanos, los valores y marcos de 
referencia y aseguramiento, la familia, la tribu, el grupo, la ciudad, la nación, la religión, 
el partido, la ideología… están en crisis, unos a punto  de extinguirse, otros 
definitivamente arruinados. Esperábamos que la ciencia, la técnica y el estado social, 
nos facilitaran los medios, recursos, remedios y cuidados, suficientes para aliviarnos, 
sanarnos y satisfacernos a todos. Pero por desgracia la vida real sigue siendo tan cruda, 
tenebrosa y angustiosa como siempre, por mucho que cerremos los ojos al telediario 



nuestro de cada día, en el que se patentiza la profecía de León Trotsky, “El que desee 
una vida tranquila, no debería haber nacido en el siglo XX.”
Durante él cometimos las mayores atrocidades de la historia, tan desmesuradas que nos 
aterrorizaron a los propios seres humanos y aturdieron a los dioses. Pero también 
alcanzamos los mayores avances científicos y sociales: el darwinismo se hizo ciencia, el 
psicoanálisis inundó las relaciones humanas y el arte, la teoría de la relatividad dio 
claridad al Universo, la energía atómica nos deslumbró y aun nos sigue iluminando, los 
medios de comunicación nos han unido en una asamblea mundial de similitudes.
Pero las innegables ventajas de todo ello también han  supuesto graves amenazas para 
las seguridades esenciales de los seres humanos. Así caminamos deslumbrados y 
cegatos en un mundo ensombrecido por tantas luminarias, como los protagonistas de las
películas y novelas pos-atómicas, en las que las guerras globales y los cambios 
climáticos acaban con la vida en la Tierra. Tenemos más libertades, más opciones, pero 
¿realmente somos más libres? Tenemos muchas tarjetas de crédito, pero ¿somos más 
ricos? Parecemos más bellos, ¿pero lo somos? Habitamos una sociedad lúdica, ¿pero 
realmente nos divertimos? Somos más veloces, más informados, más comunicados, 
pero también más individualistas, más ególatras, más narcisistas; reclamamos más 
nuestros derechos y libertades individuales, pero vivimos rodeados de normas, 
restricciones y coerciones democráticas. Vivimos “cien años”, pero parece que estemos 
fatal de salud; somos hipocondríacos y sufrimos con ansiedad miles de chequeos y 
campañas preventivas; estamos más amenazados que nunca por el cáncer y las 
coronarias y los virus; y también más estresados, angustiados, deprimidos, 
insatisfechos, desasosegados, y enganchados a las viejas y nuevas adicciones. 
Por eso triunfan todas las medicinas, las científicas y las alternativas; los programas de 
radio y televisión, las revistas y suplementos de salud lideran las cifras de audiencias y 
lectores; los balnearios y hoteles-spa, el relax y  las terapias orientalistas arrasan. 
Necesitamos de todos ellos para buscar alivios, liberaciones y satisfacciones. ¿A dónde 
vamos con todo esto? ¿Realmente estamos tan mal? ¿Podemos confiar en el futuro o 
hemos de ser pesimistas? ¿Que podemos hacer para cambiar lo malo y aprovechar lo 
bueno? ¿Podemos mejorar nuestra salud mental y física? ¿Hay alguna esperanza para la 
humanidad posmoderna?
Dicen los científicos que los humanos somos los únicos animales que han llegado a 
disponer de un cerebro tan inteligente que es capaz de modelarse a si mismo, aunque ya 
no sea sólo nuestro. En efecto disponemos de un nuevo cerebro social que genera una 
ingente inteligencia compartida, pero: ¿Sabemos usarla? ¿Lograremos que el cerebrosocial-colectivo-informativo sirva para nuestro beneficio, o caeremos en sus trampas? 
¿Esa novísima ciencia llamada “neurocultura” acabará librándonos de todo mal, o será 
nuestra propia tumba?
De todo eso trataremos en este libro, apoyándonos en dos pilares. En primer lugar en 
una indagación somera de las condiciones bio-psico-sociales de la edad posmoderna,
que nos permita entender cómo somos y actuamos los seres  humanos que la 
componemos, y también las causas, prevenciones y alivios de esas pretendidas 
patologías mentales posmodernas de las que tanto se habla. En segundo lugar me 
apoyaré en mi propia experiencia clínica cotidiana, acumulada a lo largo de casi tres


décadas de plantar la silla y la mesa frente a los sufrimientos, limitaciones y necesidades 
de miles de pacientes y allegados. 
La pretensión última, quizá excesiva, sería llegar a alguna propuesta optimista, a alguna 
reflexión útil, a alguna solución que, sino definitiva, si se aproximase al menos a un 
plan digno de ser intentado.
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